si le quitas a un hombre su máscara aparecerá otra máscara; si le dejas a un hombre su máscara te mostrará a más hombres

(proverbio senufo)



lunes, 27 de febrero de 2012

una simbiosis tibetana





Esta máscara del Tíbet es compleja. La constituyen diversos elementos hasta generar una representación asombrosa. La materia sobre la que se diseña y se monta la máscara es el propio cráneo y los cuernos del animal. Se recubre con metal y se añaden cuentas de vidrio. Además del trazado zoomorfo del repujado, se incluyen elementos decorativos vegetales y unas pequeñas máscaras humanas en la parte superior.

Da la impresión de que se estuvieran incorporando simbióticamente una máscara sobre otra. Una específicamente humana que exhibe ojos rojos, nariz prominente y dentadura, se impondría a la máscara animal propiamente dicha. Un largo rosario de pequeñas calaveras la recorren a lo largo de todo su perímetro. Las máscaras, en cualquier cultura, tienen mucho de guiño y pulso con la muerte.


viernes, 18 de noviembre de 2011

la belleza del alma



El refrán español de que la cara es el espejo del alma es más universal de lo que parece. En la cultura Ifé, o de los yoruba, también creían que la imagen de una persona reflejaba su ser interior. Esta cabeza femenina de terracota es sumamente hermosa. Su hieratismo, aunque nos transmite sensación de gravedad por la percepción tan egocéntrica que tenemos los occidentales respecto a otras culturas, pretende resaltar el valor del alma humana. Tal vez su nobleza, su don, su dignidad. Es probable que sea una manera de idealizar a un personaje importante de la tribu.

Cabeza rebosante de gracilidad, sumamente trabajada, que aporta serenidad. La decoración de estrías paralelas proyecta aún más los rasgos de las facciones del rostro, ya de por sí resaltadas. Es una representación funeraria probablemente. Pero ¿qué mejor manera de conjurar el tránsito sino despistando a los egungun, los poderes ocultos, a través de la belleza? 



(La escultura pertenece a la colección de la Fundación Alberto Jiménez-Arellano)


viernes, 28 de octubre de 2011

un ojo es más que un ojo



Sí, a veces las calles tienen ojos. Un dícho antiguo decía: cuidado, que las paredes ven y oyen. Era una metáfora para indicar que ante una mala acción siempre había quien podía observarte. Mas no es el caso. Con que las calles tienen ojos no me refiero a los cientos y miles de cámaras que nos observan con insolencia y alevosía, y falta de respeto, por espacios públicos y privados. Me refiero a algo más elemental, a que en ocasiones te encuentras un ojo pintado sobre un muro y te sobrecoges un poco al pasar a su lado. Un ojo que se desplaza a medida que avanzas. Un ojo fuera de contexto pero acaso no de sentido. Sea o no el ejercicio de un grafitero provisto de cierta enjundia artística, mantiene un vínculo con uno de los elementos simbólicos más antiguos y representados de la humanidad.

En estos tiempos en que el simbolismo tradicional se ha ido diluyendo uno se pregunta qué quiere representar ese ojo callejero. ¿Acaso pretende recordarnos que debemos mantener la mirada abierta ante los acontecimientos de nuestro tiempo? ¿Se trata de un pulso y una sátira frente a esos otros ojos electrónicos que nos asedian por todas partes? ¿O sin querer está trayendo a la conciencia del transeúnte la idea del conocimiento, al que no debemos nunca renunciar? Tiempos de vida ligera y superficial estos que vivimos. Encontrarse un símbolo ancestral en una pared, con el trabajo que se ha tomado el dibujante tiene que ser algo más que una cuestión de entretenimiento y estética. ¿Pretende ir más lejos porque sabe lo que decía Jung acerca de que el ojo representa el seno materno? Una invitación a reflexionar.

martes, 18 de octubre de 2011

como un numen



Suelo pasar mis buenos ratos plantado ante alguna de las máscaras. Desconociendo su origen exacto o dejándome guiar por una aproximación. Ante una máscara caben dos posibilidades: o interesarte por sus orígenes, uso y significado, o bien imaginar. Frecuentemente mis contemplaciones se limitan a imaginar el máximo de todo aquello que puede haber tras una máscara. Pero incluso sin avanzar demasiado en esa ficción, bastante improbable y limitada por mis escasos conocimientos, me gusta sobre todo observar el trabajo realizado y las deformaciones y exageraciones que muestra.

Hay otro aspecto que me estimula: observar la máscara desde distintos ángulos, desde distintas posiciones, incluso colocándomela para vivirla. Esa posibilidad de girar en torno a la máscara y de hacer que se mueva en el área de mi visión me acerca a ella. Nunca percibo temor ni rechazo, acaso porque las tengo condenadas a que vivan fuera de su función, colgadas como si se trataran de númenes protectores de mi casa. O porque sé que el objeto está ahí delante, pero su alma permanece lejana. Acaso su alma, en actividad e in situ , es la que podría volverme temeroso y rendido a la confusión.

    

miércoles, 12 de octubre de 2011

desde el mundo flotante



En una frontera entre lo posible y lo inevitable se erige la imagen de esta modelo del fotógrafo Albert Watson. ¿A cuál de los dos mundos pertenece? Una voz en off intenta convencerme de que al publicitario, aunque no lo creo. Naturalmente, todo lo que pertenece al mundo de la publicidad conforma otra personalidad en un rostro. En este caso, una creación que indaga en el mundo de la geisha, ¿podría alguien negar que hay una máscara ante nuestros ojos? Una conjuración del mal y las tinieblas a través de una fijación de la belleza, que en modo alguno sustrae la percepción sencilla y cotidiana de lo hermoso.

Para mi criterio esta representación, además de recoger la gran tradición de la pintura del mundo flotante, los célebres ukiyo-e japoneses de hace tres siglos, reedifica el sentido de una máscara. Hay sugerencia, admiración e invitación a contemplar lo insólito. Lo que se se intuye como irreal. Pero ¿alguien se atrevería a negar su enorme fuerza e impacto?

lunes, 10 de octubre de 2011

el ojo curvo



Nunca he sabido muy bien por qué hay gente que se espanta de las máscaras. Y sin embargo no duda en entregarse a las sonrisas más cínicas o mefistofélicas que suele encontrarse por la calle o en los medios de comunicación. No obstante, la adecuación gestual no es tan diferente en ambos casos. En una máscara parece que reina el hieratismo y una severidad que se nos impone. Hay algo de residuo ritual y religioso que muchos no pueden afrontar, porque se lo inculcaron desde la iconografía de la infancia. Pero si el receptor tiene un cerebro abierto y lúdico no se deja apocar por la apariencia.

Por otro lado, la sonrisa envolvente y formal de mucha gente, alguna de la cual es francamente embaucadora y cameladora, es recibida con actitud relajada y abierta, aunque te espere una verdadera abducción por parte de esos rostros. ¿Será que los individuos tendemos a sentirnos más cercanos en la apariencia y la proximidad que en las intenciones? Por mi parte, suelo conjurar cualquier temerosa percepción sobre la mirada turbia de una máscara observándola desde todos los ángulos posibles. Ocultando a veces el todo para ver un segmento, o viceversa.

Es difícil considerar una máscara parcialmente, porque pierde su significado original. En esta fotografía he ignorado su rostro siniestro y sarcástico tomando el detalle de su ojo hueco, que se me antoja pletórico de curvas.  

sábado, 8 de octubre de 2011

el rostro provecto



El rostro de la edad provecta no es máscara. Aunque tenga varias pieles y su gesto sea escéptico. El rostro curtido del anciano no anda, no obstante, muy lejano de las caracterizaciones exageradas que las representaciones rituales han creado. Sus facciones están extremadamente dotadas de expresión por la naturaleza. La expresión de los últimos años de una vida larga. Cansancio, ajamiento, desprendimiento. ¿Serán los tiempos de la vejez también tiempos de la deconstrucción del ser? Pero tras lo aparente  -la máscara-  cabe pensar en otras características ocultas. Sabiduría, meditación, ejercitación del recuerdo, comprensión, aceptación. Amplíese o recórtese la lista. Entonces, ¿acaso no lleva el ser humano inherente uno o más rostros? 





viernes, 7 de octubre de 2011

el reverso



Esto es el reverso de una máscara. Es la concavidad, donde suda el hombre. Es también lo íntimo, donde llora el hombre. Es lo que se pega al alma. Aunque todo el mundo espera que el alma se exprese en el anverso. En lo que comúnmente percibimos los de la tribu. Donde se han trazado detalladamente facciones que hablan, dictan, influyen, imponen respeto, juegan. El reverso es vulgar, es la adaptación a una piel. Es la piel misma que no necesita detalle. Sólo sentir un rostro que se impone otro rostro. Adoro la parte interior de una máscara. Lo que no se enseña, lo que no llama la atención, lo que no deslumbra. Resulta más auténtica y menos grotesca que la parte exhibida. Esto es también la máscara. Huele a verdad.


miércoles, 5 de octubre de 2011

un solo rostro



Casi idénticos los dos lados. Dos perfiles para que el severo señor o el adusto bandido sea percibido por todos los espectadores. Si se mira atentamente, el gesto no llega exactamente de la misma manera. Como en los rostros reales, puede haber diferencias de detalles en pómulos, bigotes, comisuras o ángulos del ojo. Pero es la unidad lo que provee el carácter para que el efecto tenga lugar. ¿Será aliviada tanta demostración de maldad del personaje por una voz, una trama, otros personajes más bondadosos o justicieros? Un rostro puede resumirse en una caricatura. Basta acertar con los rasgos que lo definen. La catadura moral se puede representar de la manera más sencilla. Siento especial atracción por las marionetas de Oriente. Principalmente por aquellas con expresiones más simples.






domingo, 2 de octubre de 2011

la máscara del sueño



Probablemente no exista máscara más representativa que la del sueño. Observar a una persona que duerme es sentir la distancia. El durmiente preserva su ser alejándose de todo. Se me dirá que si se trata de la persona amada o de un niño se les mira con ternura. Pero no por eso pierden un ápice de su enmascaramiento, no obstante nos apetezca sentirles más cercanos.  Una máscara no es signo de ocultación necesariamente. Puede estar expresando lo que se lleva dentro o, simplemente, protegiéndolo. El sueño diseña y representa las mejores iconografías de máscaras. Los hombres despiertos solo copian del sueño para hacer las caretas de los rituales.


 
La imagen de la mujer pertenece al cuadro del pintor expresionista alemán Franz Marc titulado El sueño. Se encuentra en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.